En el corazón termal de La Araucanía Andina

Un viaje invernal por esta zona cordillerana implica harto más que nieve y bosques, y aventuras outdoor.


Aquí, un circuito por algunos spa, tinajas y termas que vale tener en cuenta la próxima vez que recorra esta zona (un consejo: debiera ser pronto). Por Marcela Saavedra , desde la Región de La Araucanía.

Fue durante el segundo día. Subíamos a la cima del volcán Sollipulli (a más de 2.200 metros de altura) en un buggy sin techo y con orugas, perfecto para la nieve. Y mientras tratábamos de esquivar los copos que inevitablemente caían sobre nuestra cabeza, rodeados por araucarias teñidas de blanco, en un lugar completamente aislado, se hizo evidente: el circuito que estábamos haciendo distaba bastante de lo que pensaba que sería un mero 'paseo' por las termas de La Araucanía.

Todo comenzó el día anterior. Había llegado temprano a Temuco, a unas dos horas y media del Sollipulli, para ir en busca de algunas nuevas termas del 'circuito escénico de La Araucanía andina', centrados en cuatro hitos de la zona: los volcanes Sollipulli, Tolhuaca y Sierra Nevada, y la Reserva Nacional Malalcahuello. Buenos exponentes de una región que tiene características geográficas únicas en el mundo para esta actividad usualmente vinculada al relajo y al placer.

En el papel, nada parecía especialmente aventurero, pero rápidamente el viaje comenzó a distanciarse de lo imaginado.

De la ruta S-575 desde Melipeuco, a unas tres horas de Temuco, por un camino angosto rodeado de lingues, coigües y araucarias llegamos a una ruta cada vez más angosta rumbo al volcán Sollipulli. Íbamos con Andrés Llancapán y Alejandra Espinoza, de Lagos y Volcanes (una iniciativa turística que busca reunir tras el concepto de circuito 'escénico' la belleza natural que hay en las regiones de La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos; más información en la web ChileLagosyVolcanes.cl), quienes explicaban lo que se veía a lo largo del camino a medida que nos internábamos en la cordillera araucana y unos mechones verdes se hacían cada vez más notorios en los árboles. Según Llancapán y Espinoza, estas ‘barbas' —como le llaman— crecen más y más a medida que el bosque tiene más oxígeno, así que todo parecía una buena señal, mientras el vehículo seguía trepando por los relieves del camino y pronto el follaje cambiaba de color: del verde claro al rojo, al amarillo y al verde más oscuro.

A eso de las once de la mañana habíamos llegado a Melipeuco, que está a dos horas de Temuco, y tras unos 45 minutos de viaje por un camino de ripio, ya nos encontrábamos en un universo totalmente nevado, como si fuera una escena de Mi pobre angelito o alguna película navideña por el estilo.

El lodge Los Nevados de Sollipulli era como un mundo congelado: a la izquierda había una laguna de hielo, y a la derecha se veían ocho domos blancos junto a dos estructuras de madera. Todo rodeado de araucarias y cuatro tinajas de agua termal.



Apenas hechas las presentaciones, Robert Gibson, uno de los dueños del lodge, dijo que no tenían señal. Para ser claro, dijo que no habría en ese momento, ni al día siguiente, ni después. En compensación, estábamos a tan solo 5 kilómetros en línea recta de la cima del volcán Sollipulli, en un entorno de naturaleza total, donde —claro— algo tan simple como hacerse un té o conseguir electricidad podían considerarse verdaderos logros que la familia Gibson Tepper había alcanzado tras 14 años en el negocio. Parece bastante, sobre todo cuando uno nota dentro del lodge que hay otros servicios que no fallan para esquivar el frío: las comidas son buenas (ojo con el pan amasado calientito), cada rincón se ve cuidado y, lo más importante, no hay área sin calefaccionar. 'Un turista no necesita nada más para estar cómodo', dijo entonces Robert.

La idea de hacer este lodge de montaña, contaría luego, se le ocurrió a su papá, Christian, después de haber trabajado años en Viajes Falabella. 'Él vio que la gente quería estar más en terreno y menos en la ciudad, y que el turismo ya no era hotelero sino más outdoor. Y quiso mezclar su gusto por la montaña con un proyecto turístico. Mi abuelo materno tiene un hotel en Temuco, así que ya conocíamos el rubro', cuenta.

Pero hasta ese momento, los Gibson Tepper nunca habían escuchado del Sollipulli. Eso, hasta que un amigo de la familia les habló sobre este volcán bajito, que tenía 2.282 metros de elevación, que en su interior guardaba 'un enorme glaciar de 500 kilómetros cúbicos; algo excepcional', recuerda Robert Gibson. Así que viajaron a conocerlo y se decidieron. Hoy el refugio puede albergar a veinte personas y construyen un hostal para veinte más.

Ya instalados en el lugar, al rato, el paso siguiente estaba decidido: a las 9 de la mañana del día siguiente partiríamos en el buggy para conocer el cráter de este volcán, y así podríamos apreciar las vistas que había desde su cima. Parecía un panorama relajado. Eso decían. Pero ahora, ya metidos en esas laderas, avanzando por ese espeso bosque de araucarias nevadas que a veces parecía impenetrable, nos fuimos dando cuenta de que las cosas serían diferentes. Y no solo porque mi parka, pantalones y mis estilosas Dr. Martens definitivamente no eran adecuadas para esta nieve, o porque mis compañeros tendrían que rescatarme unas cinco veces de caer en hoyos de nieve blanda, sino por el impresionante escenario al que llegamos finalmente: un espacio virgen, blanco y silencioso. Ahí no había más que nuestras voces y el paisaje alrededor del volcán, con bosques cubiertos de blanco, que más abajo se volvían verdes o rojos, con ríos cortando la escena y el valle como telón de fondo.

Al llegar, algunos se lanzarían del buggy a la nieve. De espaldas, de frente. Como si esto fuese una gran piscina blanca y fría. Para las cálidas termas ya habría tiempo.

Es la tarde del jueves y vamos camino a las termas de Malleco, a cuatro horas de los Nevados de Sollipulli. Más allá de las ventanillas, el paisaje cambia rápido. La nieve espesa es reemplazada por un área boscosa, y el silencio solo es quebrado por la voz de Andrés Llancapán, que habla de la historia de su familia de ascendencia mapuche. Y mientras atravesamos tierras pehuenches, recuerda algunas historias que muestran el significado diferente que su pueblo le da a la naturaleza. 'Todas las cosas, los animales, los árboles, todo tiene su lugar', dice un poco antes de detener el auto para una escala en el lago Icalma, en la ruta R-955. Estamos en la comuna de Lonquimay y el nombre de esta laguna, nos dicen, significa 'sangre congelada' en mapudungun. Tiene sentido. Frente a nosotros el Icalma parece un espejo del cielo rodeado de árboles. Atrás, la montaña nevada, algunas casas pequeñas, infinito silencio. Intento tomar fotos, pero no hay caso: esa belleza no se dejaba atrapar.

Pareciera que todo está igual hace miles de años.

Eran cerca de las siete de la tarde cuando llegamos al Centro Termal Malleco, ex Termas de Tolhuaca, por la ruta R-520. Había oscurecido y no se veía mucho más que los dos grandes recintos de madera para los huéspedes y las sombras de los árboles que rodeaban el camino para los visitantes. Al bajar del auto, de inmediato sentimos un olor extraño. 'Es el azufre producido por las propiedades minerales del lugar', explicaría más tarde Felipe Fernández, guía local que dice que el agua aquí tiene doce sales minerales. Los antecedentes dicen que estas termas existen desde 1890 y hay registros de esa época de locales que solían venir a bañarse o a visitar el géiser que alimenta estas termas, calentadas por la lava subterránea del volcán Tolhuaca, a 12 kilómetros de aquí. Actualmente el géiser está a unos metros de la quinta piscina del centro termal y se puede visitar con un guía.

Una vez instalados, avisan que la cena parte desde las ocho (está la opción de venir con pensión completa en el restaurante del centro) y que uno se puede bañar en las piscinas a la hora que quiera, de día o de noche. Entonces, sin dudarlo, y aunque está oscuro, es hora de meterse a nadar. Estoy sola y, según un termómetro flotante, el agua tiene 38 grados. Más allá, en otras piscinas, hay una quincena de personas bañándose, incluyendo algunos niños. Todo se siente relajante. Debe ser el mood del lugar. Los más entusiastas vienen a las piscinas de noche porque de día toman alguna de las siete rutas de trekking que ofrecen las termas para visitar el Parque Nacional Tolhuaca. Toman caminatas de una, tres o cinco horas por el entorno natural de araucarias, corrientes de agua, lengas y bosque exuberante que caracteriza este sector.

A la mañana siguiente, como si no hubiese sido mucho el relajo del baño nocturno, partimos al Parque Amavida.

Justo en el comienzo de la Reserva Nacional Malalcahuello, por la Ruta 181, están las 50 hectáreas de Amavida. Al internarse, entre medio del bosque nativo, uno puede ver escondidas algunas de las cuatro tinajas del parque, a las que se llega atravesando un puente que cruza el estero Ñire. También hay un restaurante, tres cabañas, una ruca pehuenche —habilitada con comodidades—, un sauna y otros salones de masajes. Todo mira directamente al parque nacional.

Me instalo y pruebo las tinajas del exterior. Dentro es fácil olvidar el frío que hace afuera. De pronto, Juan Vio, el dueño del parque, pasa con una bandeja. Lleva té de manzanilla para unos turistas que están unas tinajas más allá. Más tarde también me traerá uno, junto con un mousse de piñones (muy rico) cocinado por Cecilia Estay, también dueña y la mente maestra del restaurante del parque. Luego de un rato, vuelvo al spa. Hay algo de nieve en el piso y llueve, pero nada que la bata y las sandalias no puedan resolver.

La familia Vio Estay tiene este spa en Malalcahuello hace doce años, pero fue hace veinte que compraron este territorio con la idea de instalarse. Aunque en Santiago tenían una empresa dedicada a la industria química y un buen pasar, querían tranquilidad y se arriesgaron. 'Nos vinimos para cambiar de estilo de vida. No fue algo económico, y por eso hemos hecho todo pensando en poca gente. Tenemos tinajas que son familiares, exclusivas, pensando en entregar una experiencia más íntima', dice Juan Vio, seguro de que los santiaguinos que viajan a la zona no recorren 700 kilómetros para estar en un 'mall', rodeados de gente, y por eso en Amavida el plan es darse espacios para cada uno. Hasta ahora, funciona bien.

Era una tarde lluviosa cuando llegamos al Cañón del Blanco. Veníamos desde Curacautín por la ruta R-25 S, a una hora de Temuco, y de inmediato se notaba la diferencia: aquí, en las faldas del volcán Sierra Nevada, se intentaba recrear una auténtica experiencia de vida de montaña. Eso es lo que dicen, y cuando llegamos lo primero que vemos es 'el fogón', un espacio con olor a ahumado y una gran fogata en el centro, rodeada por bancas cubiertas de cuero de cordero y, más allá, carne colgada para secarla.

José, uno de los trabajadores del lugar, dice que vive solo con sus perros, a una media hora caminando cordillera hacia arriba. De unos 60 años, bien parece un símbolo de la gente y la vida en la zona. O al menos, como me imaginaba la vida de un arriero: resistente al clima adverso, fuerte, solitario. Es la experiencia que el dueño del Cañón del Blanco, Cristián Parra, quiere compartir con los que visitan este lugar.

Con Parra vamos a La Panera, la sanguchería de montaña que está a cien metros del fogón. Aquí todo está separado: el fogón, La Panera, el hostal y las piletas termales. Todo relativamente cerca.

En La Panera, la comida es de estilo cordillerano: se puede comer asado, picotear piñones o probar un contundente sándwich en tortilla de rescoldo, todo con un ligero toque ahumado que le da un sabor especial.

Mientras comemos, Cristián nos prepara para lo que viene: es su circuito predilecto. Al rato va a buscar un vehículo de estilo militar, con orugas, parecido a un buggy gigante, pero cerrado, y nos conduce camino hacia el volcán. Al bajar, al ver mi equipamiento, me presta unas botas de goma para el agua y nos largamos a recorrer un camino de nieve que abrieron ellos mismos. Es como estar en un bosque siberiano. O algo así. Eso pienso mientras sigo los pasos de Parra. Me esfuerzo por no perderlo de vista ni un segundo. Estoy segura de que, de quedarme en este escenario boscoso, todo blanco, no tendría forma de salir.

Después de una media hora de caminata, llegamos a La Vaca, la alternativa termal en la cordillera de Cañón del Blanco, que se ubica a una hora y media a pie del centro turístico. Aunque el centro allá abajo tiene sus propias piletas termales, para Cristián Parra la propuesta que más lo entusiasma es esta, porque —dice— no hay mejor combinación con el entorno, ni mejor manera de generar un vínculo con los viajeros que buscan algo especial en medio de la naturaleza.

Como el frío es intenso, pronto dejamos La Vaca para caminar rápido de vuelta al buggy y regresar aún más rápido a La Panera. Ahí, después de un tradicional corto de montaña (con whiskey), seguimos. A las nueve ya nos encaminábamos por la ruta S-11-R de vuelta a Temuco. El viaje —dos horas y media— se siente mucho más corto. Seguro, porque a bordo del vehículo había mucho que repasar y recordar.

Ya instalada en el bus de regreso a Santiago, las cosas retomaban su curso normal. Por primera vez durante todo el viaje volvían a aparecer las barritas de señal en el celular. O, al menos, volvía a prestarles atención. Justo antes de dormir, y mientras escuchaba unos boleros de Natalia Lafourcade en YouTube, no podía dejar de pensar que apenas unas horas antes había estado imaginándome extraviada en un bosque completamente blanco y, mejor que eso, había probado unas aguas calentadas por el flujo escondido de la lava de los volcanes de la región.

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